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Sor Juana Téllez de Fonseca, abadesa del monasterio de Santa Clara de Tordesillas, se queda pasmada cuando, tras regresar Cristóbal Colón de su primer viaje,  conoce que los indios, los habitantes de aquellas lejanas  latitudes, van desnudos, tan desnudos como los hombres vienen al mundo.

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Tras permanecer tres días arrodillada y con los brazos en cruz, se levanta y en el refectorio expresa a sus monjas: 

“Es mi deseo vestir a doscientos indios con saya y braga, a lo menos a doscientos...”

Las religiosas, obedientes, toman la aguja y cosen los doscientos sayos y las doscientas bragas, para hacérselas llegar al Almirante, pero a doña Juana se le ocurre abrir casa de Santa Clara en la Indias, y con tres compañeras se embarca en el tercer viaje de Colón, que arribará felizmente a isla de La Española, eso sí, sin las cuatro clarisas, sin las religiosas. 

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Sor Juana Téllez de Fonseca, abadesa del monasterio de Santa Clara de Tordesillas, se queda pasmada cuando, tras regresar Cristóbal Colón de su primer viaje,  conoce que los indios, los habitantes de aquellas lejanas  latitudes, van desnudos, tan desnudos como los hombres vienen al mundo.

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